jueves, 8 de abril de 2010

El mundo feliz

Ayer leí una noticia que me llamó la atención, como lo hacen en muchas ocasiones ese tipo de noticias cortas que aparecen al abrir el correo electrónico o como cabecera de muchas páginas de internet. De nuevo un empleado de Disneyland París se ha suicidado, anunciaba la noticia, y ha dejado una nota diciendo: "No quiero volver con Mickey". Según su familia, el cocinero sufría depresiones por la presión sufrida en el trabajo: no le dejaban utilizar productos frescos, y sólo podía trabajar con congelados. Es una de estas noticias que no debería ni ser publicada, por ser una tragedia demasiado personal, pero su función es precisamente que se saquen conclusiones de relevancia universal, y eso es lo triste del caso.

Eurodisney es para mí uno de esos sitios a los que si hay que ir, se va, pero no hay ninguna necesidad, es decir, que si te queda a mano... (a tres horas de coche desde Bruselas), y tienes niños, pues vale. Yo fui en el 2005, y cogimos una oferta de "duerma tres noches y pague dos". La primera tarde de parque, bueno. El siguiente día, enterito en el parque, vale. Pero el segundo día completo de parque me acabó por producir agresividad. Estás metido en un mundo feliz, de colorines, con casitas pefectas, gente sonriente, empleados sonrientes que quieren hacerte feliz. Las colas para montarte en algo son a veces insoportables, la avalancha para hacerte la foto con Mickey es para que se te quiten las ganas, la infinidad de productos que puedes comprar sobre cada uno de los personajes, a cualquier momento, en el hotel, por todas partes, resulta agobiante. Y la comida... bueno. Yo, tras tres días comiendo comida tipo pizza, hamburguesas, patatas fritas o pasta, acabé con ganas de comerme un buen plato de lentejas. Así que la última tarde, huímos del parque a eso de las cinco, para irnos al hotel feliz, a la piscina feliz, todo dentro del mundo feliz, y a la mañana siguiente ya no aprovechamos la entrada al parque y nos fuimos a París. Yo necesitaba tener la sensación de haber estado en algún sitio concreto, y no en un lugar tan irreal, por lo que la mañana del domingo la pasamos paseando por París, viendo Notre Dame y la Torre Eiffel, con carrito y dos niñas de 2 y 5 años entonces. Por supuesto que las niñas se lo pasaron muy bien en Eurodisney, y que si les digo que mañana vamos se pondrían contentísimas. Pero yo me fui aquella mañana soleada de domingo diciendo que ya habíamos cumplido con Disney.

Si me imagino trabajar allí, ver día a día a tanta gente en éxtasis de la tontuna, diciéndoles a sus hijos: "ay, mira a Goofy, ponte con él para la foto", "huy, Mary Poppins, qué guapa", "ay, mira las princesas" (yo misma dije todo eso dos días y medio) y cocinando ese tipo de comida todos los días, creo que a mí también me entraría una depresión. Pero lo más triste es ponerle un final a tu vida por el ratón Mickey y consortes, y encima acabar luego siendo noticia.

miércoles, 7 de abril de 2010

Leyes, derechos y catástrofes

No es que sea ni surpersticiosa ni crea firmemente en leyes como la de Murphy, que dice que todo saldrá como no quieras que salga, y por eso, cuando la tostada se me cae al suelo por el lado de la mermelada, pienso que probablemente sólo le presto atención cuando se cae por ese lado. Pero hay cosas que ocurren a menudo que me hacen pensar que el tal Murphy no iba tan desencaminado. Por ejemplo, el que tu hijo tenga que ir al baño al poco rato de haber salido de casa, y eso que le recordaste mil veces que tenía que ir antes de salir, o que le prevengas de un posible accidente, y ocurra, como cuando estuvo jugando una vez mi hija con la diadema del pelo, y yo viéndolo venir ".... que te vas a hacer daño", y zas, se la clavó en el ojo. Son ese tipo de catástrofes previsibles, sobre todo para una madre, que somos brujas histéricas, como me dijo una vez mi hija mayor, algo más sabia sobre el papel de la madre en este tipo de percances.

Y luego están las catástrofes menos previsibles pero que se cumplen por una ley de probabilidad basada en poderes ocultos. Yo defiendo mi derecho como mujer de ir al ginecólogo y a la peluquería sola, sin niños, derecho que debería ser incluido entre los derechos fundamentales de la mujer o en la constitución. Por supuesto que la mayoría de las veces se cumple, pero basta que, como con la tostada, tenga que ir a uno de estos sitios con alguna de mis hijas a cuestas, para que me dé la sensación de que nunca puedo ir sola y se me ponga la mala leche que es también mi derecho fundamental. Por suerte no ha sido hoy el ginecólogo, al que recuerdo haber ido o con bebés o con niñas escaladoras por no haber tenido donde dejarlas en el último momento (... yo en la silla del ginecólogo y mis hijas metiendo jaleo alrededor). Y todavía la cita en el ginecólogo tiene ese aspecto de obligación, ... ¿pero ir a la peluquería con niños, uno de los pocos momentos sólo nuestros? Así que mi cabreo hoy era soberano. Pero como con todo en la vida, a veces te sorprendes, y mi hija se ha portado de maravilla, y he podido hasta leer las revistas de cotilleo que hojeo solamente en el médico o la peluquería (que sí, ¡es verdad!, sólo las hojeo en estos sitios).

Y qué aburridas son, por cierto: aquí llevan informando desde que llegué que el rey Juan Carlos y doña Sofía están de crisis en su matrimonio. Ella esperaba ahora un cambio en la actitud de él, ahora que son mayores, pero no. Y Máxima, la princesa de Holanda, se ha vuelto a poner el abrigo que se pone cuando está embarazada, ¿será que...?; y Mary de Dinamarca se ha ido sola de vacaciones con amigas, qué escándalo; y Mette Marit podría esperar su cuarto hijo. Estas revistas son maravillosas para aprender el condicional: podría, sería, estaría... Así que se me está ocurriendo utilizar el "Hola" cuando llegue al condicional en mis clases de español, y que mis alumnos piensen que por fin utilizo material interesante, en vez de como hace poco, que les traje el poema de Alberti sobre el mar/la mar, para explicarles la dualidad del artículo con este sustantivo.

Pero volviendo a las leyes catastróficas, existe una que siempre se cumple: cada vez que vas a la peluquería tienes más canas que cubrir. Mi hija me ha dicho hoy que no me reconocía con el tinte puesto en el pelo, pero que no estoy tan vieja todavía. Menos mal, pues ella mismo le dijo hace poco a su abuela de aquí que tiene una "barbilla de repuesto"; por suerte la abuela se lo tomó bien, pero nada mejor que tus hijos para anunciarte esas catástrofes inevitables y que sabes que acabarán por llegar.

lunes, 5 de abril de 2010

Lo "multikulti"

Terminamos cuatro días festivos que se resumen en poca actividad, mucho cine y una visita en el hospital, ya que al ser día de fiesta, no hay otras consultas abiertas. Es que algunos no saben como prolongar tanta jornada de fiesta, y mi hija pequeña no irá al cole mañana; aunque me pone el día algo patas arriba, encima estoy contenta de que la meningitis que temíamos haya resultado ser una buena infección de estreptococos, y los antibióticos harán el resto, y ya está. Otra cosa más para contar, cita de una tía mía que ya he mencionado en este blog, pero que siempre vuelve a aplicar.

A veces como madre no sabes cómo actuar. No me suelo asustar rápido y no aparezco por el médico hasta que no estoy segura de que es necesario, pero si tienes una hija como la mía que ni se queja, corres el riesgo de no hacerle mucho caso y ni darte cuenta de que está mala de verdad. Así que la pobre ha ido hasta al cine hoy y ahora dudo de que haya disfrutado mucho. Pero lavo mi mala conciencia diciendo que al menos la película ha merecido la pena: una infantil basada en el primero de los libros de Isabel Abedi sobre Lola, "Hier kommt Lola", "Aquí llega Lola", uno de los libros que ya existen en su traducción al español, y que recomiendo sobre todo a niñas. Lola es una niña de 9 años de padre brasileño y madre alemana. Se mudaron a la gran ciudad, Hamburgo, porque a los vecinos del pueblo donde vivían les parecía muy oscuro el padre, y en nuestra superciudad tolerante se acaban los problemas de integración. Lola es la que se tiene que integrar en un nuevo colegio, y su padre se monta un restaurante brasileño y todos acaban bailando a ritmo de samba. Integración y vida multikulti como nos gusta. Al verlo me imaginaba yo abriendo un restaurante español en el puerto de Hamburgo y bailando flamenco con mis hijas y todas mis amistades. Me atrae poco la idea, la verdad. Más me atrae la abuela (joven!) de la película, que tiene una tienda de libros y que sólo recomienda los que le gustan a ella. Ésa soy yo total. Me imagino tratando de convencer a alguien que se quiera comprar "Millenium" de que mejor se lleve "Fortunata y Jacinta" o "La vida es sueño". Pero todo es bonito y con final feliz, y tenemos el término multikulti que tanto nos gusta en su perfecta escenificación.

Pero la película que vi ayer mostró otro tipo de subcultura y mundo multicultural que no es tal. "Die Fremde", "La extraña" es una película que no juzga a nadie sino que muestra todas las facetas de lo que significa vivir encerrado en las leyes de una cultura incluso viviendo en otra distinta. Una impresionante Sibel Kikelli, la misma actriz con pasado porno que bordó el papel en "Contra la pared", es la protagonista, Umay, una mujer de 25 años, turca, nacida y criada en Berlín, pero en la rigidez de las normas turcas. La película parte en Estambul, donde vive en un matrimonio al que la obligaron y del que huye con su hijo por los maltratos que sufre. Pero al llegar a casa de su familia, en Alemania, la alegría al verla pensando que venía de visita, se vuelve rechazo y vergüenza porque una mujer se haya atrevido a romper con las convenciones. Y empieza la huida, pero sin renunciar un sólo momento a que su familia acepte que pertenece a ella: Umay no acepta el rechazo y sobre todo el de su hijo. Pero todos cumplen su papel como marca la tradición y no se pueden salir, aunque duden: el padre, que en un momento de dolor dice que ojalá que su primogénita hubiera nacido hombre; los hermanos, que tienen que limpiar el honor de la familia; la madre, que no puede ayudar a su hija y que lo único que puede darle para protegerla es un amuleto que evita que la miren mal. Y Umay vuelve a coger a su hijo, una y otra vez, y sigue su peregrinaje sin aceptar que su familia la repudie por haber abandonado a un hombre que la maltrataba. Impactante película e impactante final. Multikulti sin serlo, pero en su aspecto más cruel.

Por supuesto que no pretendo comparar una película infantil con una tan dura de adultos, pero sí que no puedo evitar pensar que la adaptación como extranjero es muy diferente dependiendo de tu origen y de lo que la cultura en la que te sumerges vea en ti. Pues aunque lo ignoremos, en occidente existe esa subcultura de los crímenes de honor, de gente no integrada y que sigue viviendo en sus guetos, que no tiene nada que ver con lo multikulti que nos gusta ver, de tiendas y restaurantes que dan color a nuestra vida diaria y que nos hacen sentir bien y tolerantes.

domingo, 4 de abril de 2010

Blankenese y los fuegos de Pascua


Esto es Blankenese. También se le llama el 'barrio de las escaleras' o Treppenviertel, y por algo será. Siempre que estoy en él, pienso que no me gustaría vivir allí, o ser cartera en ese barrio, o ser la madre que tiene que llenar la nevera de vez en cuando y tener que cargar con las bolsas de la compra por todas esas escaleras. Pero su encanto tiene. Es como vivir en la playa, la del Elba, y las vistas son impresionantes, entre los "barquitos" que pasan, la planta de producción de Airbus en la orilla de enfrente, eso menos bonito pero no menos impresionante. Seguro que este avioncito es ese gigante de pasajeros que se construye en la actualidad, el A380:

Blankenese es un barrio de Hamburgo precioso, en el que te parece que estás en algún pueblecito de la costa. Y desde mi barrio hasta allí hay nada menos que 40 km, y eso sin salirnos de la ciudad de Hamburgo. Pero otro motivo para no vivir allí es que un día como ayer te inundan tu barrio miles y miles de personas que quieren ver los fuegos de Pascua de ayer. Yo incluida ...


Aquí se ve el montón de árboles de Navidad transformado en una montaña para reciclarlos en forma de fuego en lo que llaman fuegos de Pascua, Osterfeuer. Viendo el humo de después, durante la quema, me pregunto si nadie piensa en un día como ayer sobre los gases enviados a la atmósfera. Pero hay momentos en los que todos se olvidan del ecologismo, hasta en Alemania. Y para ritos este país. Viendo esas nubes de humo, y el olor a barbacoa que llevaba yo encima, volví a pensar en otra razón para no vivir en Blankenese: que el sábado de Pascua no puedes tender ropa fuera, ni abrir las ventanas, y que probablemente tus ventanas se queden negras por el humo. Pero por lo demás es muy bonito. Lo mejor es ir en plan dominguero, dar un paseo por la playita del Elba, hacer un picnic en la arena, ver los barcos, y volverse a ir. Es otro de los puntos a los que llevo a todo turista que se precie a pasar por mi casa de Hamburgo. Con los fuegos de Pascua ya he cumplido. Era un simple estudio de campo.

sábado, 3 de abril de 2010

Comienza la Pascua

Si bien en España las principales celebraciones de la Semana Santa ya han pasado y en su mayoría son religiosas, aquí empiezan hoy, y de religioso, salvo en las iglesias, tienen bien poco. No hay procesiones, y por eso el Viernes Santo es un día de descanso, sin ninguna actividad. Pero hoy empiezan los ritos típicos de estos días, en los que más que nada se celebra la llegada de la primavera y la despedida del invierno. Se empieza con los Osterfeuer, los fuegos de Pascua, una tradición pagana mediante la que se pretende "quemar" el invierno, ahuyentar a los malos espíritus y dar la bienvenida a la primavera. Como aquí se aprovecha todo, en muchos casos se queman los árboles de Navidad, guardados en algún lugar hasta el día de hoy para quemarlos junto con muchas otras astas y ramas de árboles. Se apila todo, y se quema, y la gente a su alrededor come salchichas, bebe cerveza hasta que rezuma ese olor a chamusquina que se huele por todas partes la tarde del sábado de Pascua. En 20 años de vida en Alemania, no he ido nunca a ningún fuego de estos, y hoy me da por pensar que podría romper la tradición, para al menos escribir con conocimiento de causa. Lo que obliga este blog...

Tras el fuego de hoy, empiezan las fiestas familiares mañana. En un país donde los desayunos tienen gran importancia, el del domingo y el lunes de Pascua, son el súmmum, y el protagonista es el huevo. Es normal desayunar huevos pasados por agua o duros los fines de semana sobre todo, pero en Pascua la gente se come más de uno, los niños los pintan, les ponen pegatinas de patos, conejitos, y todos los dibujitos típicos, y se celebra rizando el rizo. Manda huevos, pienso yo siempre con mi mentalidad española antidesayuno, pues considero todo esto una pérdida de tiempo. Pero lo que no haga una por sus hijos..., por lo que se colorearán huevos en esta casa también, y no porque yo lo diga, sino porque mis hijas se encargan de recordarme que aquí se hace así. Y luego se buscan huevos de chocolate en el jardín o los parques que la señora liebre de Pascua esconde. Mi hija pequeña, que ya sabe que la liebre soy yo, me recordó el otro día que no se me olvidase comprar los huevos, que no porque sepa ahora que todo es un show se va a quedar sin la tradición, y eso que luego en muchos casos ni se los comen. Pero se trata del acto en sí.

El cordero que no se come aquí en Navidad, se come ahora. Las familias se juntan a comer o cenar festivamente el domingo o el lunes, y la gente viaja para la ocasión para estar con sus padres o hermanos. Así que habrá que hacer algo, celebrar de alguna manera, o descansar, o sobre todo alegrarnos de que aunque haga frío todavía, ha venido la primavera, y de que por todas partes empiezan a salir florecillas: ahora, tras los crocus, les toca a los narcisos, la flor de la Semana Santa, y aquí vivimos la llegada del buen tiempo y la primavera como una vuelta a la vida. Vuelvo a pensar en tanta expresión española con la palabra "huevo", y sobre todo en la de que siempre nos hacen falta un par... Por eso cuelgo algunos aquí.

viernes, 2 de abril de 2010

Lübeck, en cualquier época del año

Viernes Santo, jornada festiva, cielo azul raso, sol. Todo propicio para hacer alguna escapada o excursioncilla. Pero como a la fiebre le da igual el sol, o lo que sea, hay que quedarse en casa. Cosillas sin importancia que los niños superan rápido, pero que hacen que no puedas planear nada. Así que es el momento de iniciar la serie sobre lugares que me encantan y a los que he ido unas cuantas veces y a los que viajaré mentalmente cuando los describa. Son sitios especiales porque, aunque siga yendo mil veces, o precisamente por eso, siempre me vuelven a gustar como la primera vez. A veces descubro algo nuevo en ellos y otras, simplemente, como suele ser el caso, repito el mismo recorrido. Empiezo por Lübeck, ciudad que recomiendo a cualquier viajero del norte de Alemania, por desconocida fuera de las fronteras, y por eso tan sorprendente.

Que sea ciudad Patrimonio de la Humanidad de la Unesco no es nada raro. La ciudad hanseática de Lübeck conserva como ninguna la esencia de las ciudades medievales nórdicas. Sufrió muchos bombardeos durante la II Guerra Mundial, y quedó bastante destruida, pero la reconstrucción le devolvió su brillo de antaño. El conjunto histórico-artístico es impresionante, con calles y calles de casas con preciosas fachadas, escalonadas u onduladas en la parte de arriba, con puertas adornadas que te invitan a adivinar la belleza del interior. Todo recuerda a un pasado de esplendor de una ciudad de comerciantes, rica por formar parte de una liga de comercio de las más antiguas que se conocen, la Hanse. Así que como ciudad hanseática, es hermana de Hamburgo, Bremen, Rostock y otras ciudades de tradición marítima y comercial.

Cada vez que voy a Lübeck cuento sus torres, para confirmar que siguen siendo siete. Lo aprendí en uno de mis cursos de alemán para extranjeros, en la lección sobre el participio como parte de las construcciones nominales que separan el artículo y el sustantivo con un montón de palabras entremedias y que al leerlas te cortan la respiración: "Die von sieben Türmen überragte Lübecker Altstadt" ('la por siete torres sobresalida ciudad antigua de Lübeck', así suena el alemán, a lo que hay que acostumbrarse...). Pero la frasecita, que se me quedó grabada para siempre, me sirvió para aprender no sólo de gramática sino que son siete las torres puntiagudas tan típicas de las iglesias del norte de Alemania las que tiene Lübeck. Y cada vez que voy no falta ni una de las torres, y mira que siempre vuelvo a contar, por si acaso.

Una de ellas es la de St. Petri, donde se puede subir en ascensor (si no yo no subiría...), y donde las vistas son impresionantes, y el viento te produce sensación de vértigo por estar abierta la parte de arriba. La Marienkirche, la iglesia de Santa María, tiene dos torres, y su interior, con sus arcos decorados con florecitas, resulta sorprendentemente alegre para la sobriedad de las iglesias protestantes. Impresiona la campana estrellada contra el suelo durante los bombardeos, y allí la han dejado, en memoria de la destrucción.

Un lugar obligado para un piscolabis, a cualquier hora del día, es la Schiffergesellschaft, de 1401, la asociación de los marineros, y donde hay un restaurante muy bonito con barcos colgando del techo y bancos de madera a compartir con desconocidos, algo que se hace aquí en los restaurantes o bares. Lübeck es además la ciudad del mazapán, que, en mi poco golosa opinión, es exquisito por ser menos dulce que otros que conozco. La tienda de Niedderegger, donde venden figuritas de todas las formas que uno pueda imaginar, con un pequeño museo de la historia del mazapán en la planta de arriba, merecen una visita.

Me hizo gracia la primera vez que vi la Holstentor, la Puerta de Holsten, tan conocida por ser la imagen en los billetes de 50 marcos antes de la llegada del euro. Y otros edificios muy bonitos son el ayuntamiento, el Hospital del Espíritu Santo, uno de los primeros de Europa, y los antiguos almacenes de sal. En la plaza del ayuntamiento tiene lugar cada año el mercadillo de Navidad, que para mí, con la oscuridad, el frío húmedo y la sensación de estar casi en Escandinavia, tiene el toque de congelación que necesitas para meterte para el cuerpo muchas de las fritangas o vinito caliente que ofrecen. Y otra vez el viento típico, por lo que el ayuntamiento tiene en uno de sus muros unos agujeros redondos enormes; esos "ojos" tienen como finalidad evitar que el viento derrumbe ese muro. Y es que hace mareílla por allá arriba. Se percibe la cercanía del mar Báltico, a apenas unos kilómetros.

Es además la ciudad de la familia Mann, y se puede visitar la casa Buddenbrooks, que es el museo dedicado a Thomas Mann, su obra y en especial a esta novela tan unida a la ciudad de Lübeck. Otra casa literaria que se puede visitar es la de Günter Grass, que vive en las cercanías de Lübeck y no aquí, pero donde se encuentra un centro de información sobre su obra.

En uno de esos caprichos que tienen las ciudades, Lübeck tiene un barrio a 20 km de distancia, pero se le disculpa la separación por estar en la playa. De Travemünde salen barcos gigantes con destino a Escandinavia, tan arriba está en el mapa, y aunque el clima no permite ir a la playa a menudo, si hace calor se llena como las playas de Benidorm, aunque a mí me amarga el que haya que pagar para ir a la playa.

Lübeck es una de las ciudades a las que le he perdido la cuenta las veces que habré ido, y de la que no me canso nunca. Se llega desde Hamburgo en una hora, y es un lugar especial para sorprender a la gente de que por aquí arriba hay sitios muy bonitos. Cambian los acompañantes, pero no la ciudad, y siempre me llevo algún recuerdo especial, aunque sea el haberme congelado más de la cuenta. Pero en qué lugar.

jueves, 1 de abril de 2010

April April

"Abril abril" es lo que se dice aquí el día de hoy. Es el día de gastar bromitas, y cuando se dice eso, lo que te quieren decir es que lo anteriormente dicho era broma. Por ejemplo, las profesoras de mis hijas han gastado bromitas hoy en clase: una ha dicho que el examen de gramática de la semana que viene lo podrían adelantar a hoy, pues "niños, os lo sabéis ya muy bien"; y la otra les ha dicho a los leones enjaulados de primero que a partir de hoy no podrán salir más al recreo, que lo cierran para siempre. "April April" dijeron ambas a continuación, para alivio de los asustados niños.

Pero hay bromitas que no son tales. Como el hecho de que una de mis hijas ha salido hoy con fiebre del colegio y dolor de garganta. A partir de mañana es fiesta, así que podrían ser jornadas muy "caseras" ... por no decir otra cosa peor. Pero este primer día de abril está siendo como mandan los cánones, o wie im Bilderbuch ('como en el libro de fotos'), como se dice en alemán: Tenemos lo que se llama Aprilwetter, 'el clima de abril', que significa que en el mismo día sale el sol, llueve, graniza en cuestión de media hora, todo seguido, y eso alternando varias veces al día. El tiempo del mes de abril se las trae, y por eso se habla todo el año de él para denominar a esos días tan hamburgueses donde hace de todo, y donde un amanecer soleado no te evitará que te pongas pingando una hora después.

Lo que tampoco fue una bromita de abril o Aprilscherz (el mes de abril da para mucho vocabulario), fue la invitación a que mi hija pernoctase la noche pasada en casa de un niño. El muy avispado ha celebrado su cumple invitando a cuatro niñas y tres niños a dormir a su casa. Hace bien, pues todavía puede, ya que cumpliendo 10 años se lo puede permitir. Que mande la misma invitación en 4 ó 5 años ... entonces no sé si yo estaría de acuerdo. Y eso a mitad de semana, y habiendo tenido cole hoy. Otra que está para el arrastre.

Encima es Jueves Santo, y no es fiesta. Vale, tenemos el lunes a cambio. Hoy no se celebra nada aquí, pero tiene nombre, Gründonnerstag, literalmente 'Jueves Verde', y no tiene nada que ver con el ecologismo. Tampoco está claro el origen del nombre: unos dicen que por el color verde mencionado en el evangelio que simboliza "la madera verde", como el resurgir de lo nuevo y puro una vez han sido absueltos los pecados. Pero también parece que en el "Jueves Verde" se comía hace siglos verdura de ese color, y además se realizaban tareas en los campos: siembra o poda, en una especie de preparación a la primavera. Huy, esa es mi vecina, que anda ya dándole la vuelta a todas las hojitas de su jardín, y que el otro día me cortó la respiración cuando arrancó el seto (común!) y cambió varios arbustos porque "las hojas no tienen el mismo color verde". A todo esto ella misma fue la que cambió algunos de los arbustos el año pasado porque tenían bichitos o perdían hojas y ocasionó tal "desperfecto". Cada loco con su tema. Yo no me quiero volver así, le decía yo el otro día a mi "asesora" profesional. Precisamente qué hay más natural que la naturaleza y le queremos imponer el mismo color verde a todas las hojas. Como si la vida fuera tan perfecta, como si pudiéramos determinar todo. Yo ahora mismo no sé cómo van a ser los próximos días, y lo acepto. Por mucho que escarbe, ni podré adelantar nada, pero también sé que el tono verde de las hojas del seto no me quita el sueño, y espero no llegar nunca a esa fase, pues entonces ni el blog ni otras cosas me serían importantes. "Debes pensar que estoy loca", me dijo mi vecina en un momento de cordura. Y yo: "No, lo normal que tenemos todos, salvo que en diferentes aspectos". Y esto no es un chiste de abril.